Existe un invisible hilo dorado entre los miembros de un matrimonio, entre una madre y un hijo, entre dos hermanos, entre dos amigos, entre Dios y uno mismo.
Ese invisible hilo dorado se crea en el instante en que dos almas se comprenden. Puede ser fruto del amor, de una mundana conversación, de dos simples miradas que se cruzan. Se crea y nunca jamás se destruye. Es un hilo imborrable, eterno... pero frágil.
Nunca se destruye, pero a veces se rompe. Cuando esto sucede, nuestra alma lo percibe inmediatamente: se rompe nuestra comunicación, nuestra cercanía con esa persona a pesar de la distancia... y siempre, siempre, la causa es la falta de amor: rencor y odio actúan como unas tajantes tijeras.
Sin embargo, cada vez que perdonamos, Dios agarra las dos puntas de este hilo roto y le hace un nudo. Y con eso el hilo queda más corto. Imagínate un hilo con tantas cortaduras, y al que siempre Dios ha vuelto a anudar.
No es extraño que al cabo de los años haya matrimonios que a fuerza de cortar y anudar estén tan juntos que parezcan una sola cosa.
Por eso dice Jesús que al que mucho se le perdona mucho ama.