Y mantén firme el consejo de tu corazón, que nadie es para ti más fiel que él. Pues el alma del hombre puede a veces advertir más que siete vigías sentados en lo alto para vigilar. Y por encima de todo esto suplica al Altísimo, para que enderece tu camino en la verdad. Principio de toda obra es la palabra, y antes de toda acción está el consejo. Raíz de los pensamientos es el corazón, de él salen cuatro ramas: bien y mal, vida y muerte, mas la que siempre los domina es la lengua.

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Cuento chino: Agua


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Cuentan que un viejo maestro se desplazaba hacia otra ciudad, acompañado por su joven discípulo. Transitaban por un camino polvoriento, y el maestro, cansado, se apoyó en una piedra del camino y le dijo a su acompañante: “Por favor, tráeme un poco de agua”.

El discípulo, con todo el brío que le daba la juventud, partió en la búsqueda de un vaso de agua para su maestro. Anduvo un largo trayecto, pero el paraje era semidesértico y no había pozos a la vista. De repente oyó a lo lejos un rumor de agua corriendo. Se dirigió al origen del sonido, y acertó. Un pequeño riachuelo de agua fresca corría, formando incluso una pequeña cascada, donde llenó su cuenco de agua fresca. Iba ya a volverse cuando vió en la otra parte del remanso que formaban las aguas una muchacha, llenado unos cántaros. Se inclinaba sobre la superficie del agua, los sumergía y con un gracioso ademán los depositaba tras de sí. En ese gesto se le descubría, de forma casual, un pecho. El joven monje, que nunca había visto una cosa tan bella, saludó a la muchacha, que respondió a su saludo, y ambos trabaron conversación. Al ver que eran muchos los cántaros, el chico se ofreció a ayudar a llevarlos, a lo que la joven aceptó encantada. Llegaron a casa, y como era tarde, el padre de la chica le dijo que descansara esa noche, que mañana emprendería el regreso. El monje, encantado con poder estar más tiempo con esa encantadora chiquilla, accedió sin mayor problema.

Al día siguiente, al levantarse, el padre de la joven le pidió ayuda para arreglar el tejado de la casa. El joven trabajó como un león, un día, varios días, un mes…

Se casó con la chica. Tuvieron tres niños, arreglaron la parcela contigua a la casa del padre. Compraron ganado, que prosperó hasta convertirse en los animales más apreciados de la zona.

Un día, cuando el monje, ya un hombre hecho y derecho, volvía de un viaje de negocios hasta la ciudad cercana, vio a lo lejos una humareda en el sitio en el que estaba su pueblo. Una tempestad había arrasado la aldea, sepultando el techo de la casa al caer a toda su familia. Toda su felicidad, construída pacientemente con mucho esfuerzo y dedicación, todas esas risas, todos esos momentos, se habían esfumado. Sólo quedaba el desastre. El monje huyó del lugar, llorando su desgracia, con el alma partida…

En su huída, medio tropezando, tiró por un sendero de tierra. Las lágrimas no le permitían ver bien por dónde iba. Se apoyó en unas rocas, para secarse un poco los ojos, y en ese momento oyó una voz:

“¿Eres tú?¿Me has traído el agua?”


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Comentario #1   por: mariana

Podemos desviarnos del camino, pero la vida siempre nos vuelve a poner en él cuando tenemos una misión inconclusa. Como dijo alguna vez Jung "todo lo que no se vuelve consciente se nos manifiesta como destino". A veces nos preguntamos por qué siempre elegimos amores que no nos corresponden, gente que no nos valora, justamente por eso porque hasta que no hagamos lo que tenemos que hacer para cambiar la vida no los va a seguir poniendo delante...



Comentario #2   por: tiam

por mas obstaculos en la vida no devemos dejar lo, no terminamos, para continua adelante.



Comentario #3   por: tiam

por mas obstaculos en la vida no devemos dejar lo, no terminamos, para continuar adelante.






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