La última batalla.
Quizás sea necesario sumergirse completamente en otra cultura para poder analizar la propia. Sólo cambiando el punto de vista, es posible comprender la inercia, a menudo sin sentido, que nos lleva a hacer las cosas como las solemos hacer. En nuestra sociedad cada vez hay menos sitio para la espiritualidad. Siendo así, resulta cuando menos extraño, que se realicen tantos esfuerzos propagandísticos por destruir la poca que nos queda. Sólo es necesario mirar la telebasura cinco minutos para entender hacia donde caminamos, para intuir hacia donde nos dirigen. Claramente la norma del universo no es la igualdad, sino la diferencia, la exuberancia en cualquiera de sus manifestaciones. La comprensión y el amor a lo diferente se simplifica en nuestra cultura con la idea de igualdad. Hoy veo como se ceban los medios con sacerdotes caidos en pecado, y como relativizan la sabiduría de los santos de Dios, otorgándose una supuesta igualdad en su criterio, elevando así la necedad al rango de opinión cualificada. Quizás la última batalla del hombre sea espiritual. Armagedón o Harmaguedón (del griego Har- Mageddo o Meguiddó), que en hebreo actual se pronuncia Megido, es el lugar de una tremenda excavación arqueológica, donde basándose en extrañas conjeturas seudocientíficas, se están realizando enormes esfuerzos por destruir las raices espirituales del judaismo, del cristianismo y del islam. Realmente alguien nos está tomando el pelo. No sé si los historiadores de ahora o los que recopilaron los libros en los que se basa la Biblia. Pero la pregunta, la última batalla, es: ¿Resistirá mi fe o me someteré al mundo? Más me vale tener la suficiente experiencia de Dios para que no me tiemblen las piernas. Ya que el Santísimo no quiso que nos sometiésemos a Él por interés, sino por amor, la Fé es la llave que nos abre el camino de la verdad, el camino de la vida. Algunos insensatos se adelantan ya al oscuro clamor del triunfo de la muerte: afirman sin avergonzarse, que Jesús, el mesías, nunca existió. No se averguenzan de tal afirmación porque realmente se lo creen, ya que esta desesperanza que se respira, este desarraigo espiritual del hombre del nuevo siglo está empezando a consolidarse, a formar parte de la conciencia social, de ese sentido común en el que participa toda la sociedad y su cultura. Realmente, ¿Pudiera alguien que nunca hubiera existido haber afectado tan notablemente la historia humana?. A este respecto, el historiador Will Durant, presentó este argumento: "El que unos cuantos hombres sencillos hubieran inventado en una sóla generación una personalidad tan vigorosa y atractiva, una ética tan sublime y una visión tan inspiradora de la hermandad humana sería un milagro mucho más increíble que cualquiera de los que se han anotado en los Evangelios". En una ocasión, un periodista le preguntó a Albert Einstein si el cristianismo le había influido y él respondió: "Yo soy judío, pero siento fascinación por la luminosa figura del nazareno". Sorprendido, el periodista le preguntó si creía que Jesús había existido realmente. El genial científico contestó: "Indudablemente. Nadie puede leer los Evangelios sin sentir la presencia de Jesús en ellos. Su personalidad está presente en todas las palabras. No se puede construir un mito con semejante vida". |
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Comentario #1 por: RO
A lo largo de la historia sobre la evolución de la humanidad, el hombre ha venido degradando la verdadera entidad y porpósito del Ser, demostrado en diferentes factores como: la inversión de valores y principios; el culto y prácticas sobre lo superficial y pagano; uso de la ciencia para tergiversar nuestros valores étnicos, culturales y religiosos; entre otros. Todo lo anterior, contribuyendo en degradar lenta y progresivamente la verdadera esencia del Ser...El Espíritu. Comentario #2 por: Nach0
Ese es el principio de incertidumbre... Comentario #3 por: Nach0
...Realmente es curioso, la ciencia actual empieza a cuantificar las interacciones físicas en unidades de medida de la información, como bien dice RO, y es que en definitiva, todo este mundo no es más que verbo de Dios: órdenes, instrucciones, en definitiva su voluntad... y lo curioso es que no hay más. Alguien me definió una vez una partícula fundamental como "un campo magnético que induce un campo electrostático y así sucesivamente". Tras la apariencia de un suelo firme, lo cierto es que únicamente nos sostiene la mano de Dios.
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