Fruto del azar.
Matías y Hector solían pescar juntos, inventaban juegos con las olas y contemplaban las estrellas en la noche junto a otros niños, tumbados en la arena. ¿Fue casualidad que veinte años después se volviesen a encontrar? Quedaron aquella misma noche para cenarse un cuchifrito y una botella de buen rioja en un céntrico y acogedor restaurante. En aquella comida, discutieron con energía sobre diversas cuestiones, pero el vino hizo que se acaloraran especialmente en lo relativo a la existencia, o no, de la casualidad en la vida. En particular, Hector consideraba el firmamento, las estrellas y el Universo en general, como fruto de una serie de casualidades sin sentido ni objetivo, fruto del azar. Matías se devanaba los sesos intentando hacer comprender lo que para el era obvio, no creía en el sinsentido y alababa la genialidad del Plan Maestro que hacía que ambos estuviesen vivos, en mitad de un punto azul del cosmos y teniendo precisamente aquella conversación. Finalmente, Matías invitó a su amigo a que se pasase a visitarlo al día siguiente. Cuando Hector entró en el magnífico despacho de su compañero, enseguida captó su atención el suntuoso astrolabio que se mostraba orgulloso en una esquina de la habitación. En el centro de la máquina, el Sol; alrededor los planetas girando en órbitas perfectas con sus lunas, a su vez móviles. Hector estaba absorto en la perfección del suave desplazamiento de los planetas, de sus lunas alrededor de ellos, en la hermosura de su sincronismo. Entonces, preguntó a Matías dónde había conseguido semejante maravilla. Sin embargo, no obtuvo más respuesta que: "¡Ah! Eso. No sé. Se habrá formado ahí por casualidad, fruto del azar". |
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