Getsemaní
No como un arroyuelo pequeño y charlatán, que se pierde para bien de mayores cauces, sino como toneladas de agua de un gran río, agua mansa e imparable, que sin ignorar la voluntad de Dios, deja que hable el Cielo y su paz; la noche que fué arrestado en Getsemaní, oraba Jesús en silencio. Quién no haya estado en Getsemaní, no conoce el amor que hace retorcerse de dolor al alma. Getsemaní es el sufrimiento extremo. Getsemaní es oscuridad y turbación, miedo y angustia. Getsemaní es la violencia interior que hace sudar sangre. Mientras, la luna llena sigue dorando los olivos y los grillos continúan su escandaloso cortejo. ¿Cómo no calla y cesa el mundo ante el llanto desagarrador de ese corazón? Getsemaní es el dolor personal que no puede ser velado ni enteramente comprendido nisiquiera por los que están al lado. El mérito en esta terrible hora, no es aceptar la cruz, sino hacerlo unido incondicionalmente al Padre. Jesús asume todo ese inmenso dolor del alma. Es como descender a los infiernos de la oscuridad, de la debilidad, de la tristeza y del absurdo. Asumiendo esa oscuridad en unión con Dios, la ilumina. Afortunadamente en esa luz, siempre hay un ángel (con o sin alas) que reconforta y acompaña al alma deshecha por tan cruel batalla. |
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