Y mantén firme el consejo de tu corazón, que nadie es para ti más fiel que él. Pues el alma del hombre puede a veces advertir más que siete vigías sentados en lo alto para vigilar. Y por encima de todo esto suplica al Altísimo, para que enderece tu camino en la verdad. Principio de toda obra es la palabra, y antes de toda acción está el consejo. Raíz de los pensamientos es el corazón, de él salen cuatro ramas: bien y mal, vida y muerte, mas la que siempre los domina es la lengua.

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Cuento: La Vaquita


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Vivía en el Tibet, al borde de un acantilado, una familia muy pobre, cuya única fuente de ingresos era una triste vaquita, y los pocos frutos silvestres que recolectaban en cada época.

De esta manera sobrevivían a duras penas, el bueno de Yuan Tsi, su prudente mujer y dos preciosas niñas de apenas tres y cinco años.

La vaquita era el centro de los cuidados de Yuan. Ni con calor ni con frío, le faltaba al animal hierba fresca que comer: Yuan Tsi se ocupaba de buscarle un buen brazado por la mañana y otro al atardecer, aunque para ello a veces debía desplazarse varios kilómetros hasta encontrar el mejor pasto.

Un día, su hija pequeña enfermó gravemente. El hombre, desesperado, recurrió a un viejo sabio itinerante que había hecho noche en una casita de un poblado cercano.

El anciano accedió a visitarla y montando sobre su buey dejó que el preocupado padre lo guiara hasta su maltrecha casita de madera carcomida.

Mientras el sabio Lao-Tse inclinaba la cabeza de la preciosa niñita para darle a beber una curativa sopa de hierbas, su madre aplicaba sobre su frente paños para bajar la fiebre; Yuan rezó hasta el amanecer.

La niña estaba mucho mejor al día siguiente y Lao-Tse volvió a montar en su buey para partir.

Yuan Tsi se arrodilló ante el sabio para despedirlo y lo reverenció dándole infinitas gracias.

Entonces el anciano le habló duramente:

-Tu hija mejorará ahora, pero pronto ambas niñas enfermarán y morirán sin remedio. Sólo puedes hacer una cosa: despeña a la vaca por la ladera de la montaña. - y con estas palabras aún en sus labios, arreó al buey para partir.

Apesadumbrado, observó Yuan como se alejaba la figura del anciano sobre su extraña montura, dejándolo a él allí, con aquella terrible elección: Si mataba a su vaquita, ¿Cómo iban a sobrevivir los cuatro? Y si no lo hacía...

Después de hablarlo con su mujer y confiando en las palabras del sabio anciano, sacrificó al animal.

Dos años después, Lao-Tse volvió a pasar por la región y preguntó por la familia que vivía en el acantilado.

-Antes tenían una vaquita... pero murió. Entonces se vieron obligados a cultivar la tierra y plantar arroz. Han tenido buenas cosechas y les ha ido muy bien. Con el dinero del arroz, compraron varios animales el primer año y ahora están construyendo una nueva casa con ayuda de alguna gente del pueblo. Son muy felices.


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Comentario #1   por: joaquin

Realmente una historia preciosa.Un saludo . Joaquín



Comentario #2   por: mar

Ejemplo de cómo nos aferramos a las situaciones, a las personas y a las cosas, olvidando que un simple gesto en principio doloroso ( o aparentemente doloroso) nos va a conducir a un mayor crecimiento.Es que nos falta confiar un poquito más....(Por cierto, creo que me lo voy a tener que aplicar a mi misma......)



Comentario #3   por: lupi

... y yo también debería aplicármelo, por mi bien. Abrazos familia



Comentario #4   por: mar

Hola Lupi¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡aprovecho pa saludarte que yo no te veo muy a menudo.Besos¡¡



Comentario #5   por: mariana

a veces no nos damos cuenta que nos aferramos a lo conocido a pesar de que el precio que pagamos por eso es enorme, pero el ego no quiere cambios necesita lo familiar lo que le da seguridad, sólo dejando el ego de lado provocaremos el cambio que nos llenará de riquezas que poco tienen que ver con lo material






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