Nunca dejamos de amar.
De pequeño, me quedaba absorto por las cosas más insignificantes: el latido del corazón - a veces un tambor y a veces apenas un susurro-, mi respiración -de la que me maravillaba el piloto automático-, o el movimiento de las agujas del reloj. Mi abuelo, tenía un reloj ya viejo cuando él era joven, de cuerda, sin segundero y amarillento como sus dedos de fumador de negro: podía enfocar en el toda mi atención, pero me resultaba imposible observar su movimiento. Podía constatarlo pasado un rato, ¡eso sí! porque funcionar, funcionaba. El abuelo le daba cuerda ritualmente cada noche. Su movimiento, sin embargo, era totalmente invisible para mi, como una realidad prohibida, que mis ojos de joven buho no podían captar de ninguna de las maneras. Ya de adolescente, una idea del demonio, me hizo creer que las agujas del reloj podían coser los desgarros del amor en el corazón. Por supuesto aprendí a no afrontar los hechos, a hacerlos invisibles, a ignorar a quién me dolía, a arrancar mi invisible corazón del pecho y lanzarlo contra la pared, esperando que con el tiempo apareciese otro nuevo y jovial latiendo apasionado: ¡que iluso fuí! El reloj, -aunque no ya en la muñeca de mi ahora invisible abuelo- siguió moviéndose en su invisible realidad, y mi corazón permaneció invisiblemente roto, para demostrarme que el tiempo por sí, no perdona nuestros errores; que es imprescindible afrontar la realidad y no negar lo invisible; que hay en mi, un amor absolutamente imborrable, único y distinto para cada ser; un amor contra el que no debo luchar jamás. Ahora he aprendido que 'amar' es una palabra sin opuesto; lo contrario a odiar es perdonar, y perdonar es el único camino porque el amor por alguien es algo que nunca desaparece.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. El amor no acaba nunca. [...] [1Cor13,4-8] |
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