¡Para siempre!
Desde niña, Teresa (Santa Teresa de Jesús) y su hermano Rodrigo habían leido libros sobre la vida de los santos. Quedaron impresionados por el valor de todos ellos, especialmente de los mártires. Los que mueren porque son incapaces de volver su vista al mundo, van al Cielo para siempre; Teresa se estremece al oir estas palabras. Un día los niños no aparecían por ningún sitio. Los buscan en el jardín, en el palacio de su padrino Nuñez Vela, por las calles de Ávila. Trabajo inútil: los niños no aparecen. Todos están inquietos y los padres empiezan a preocuparse gravemente por ellos. Tras angustiosas horas de búsqueda son encontrados lejos ya de las murallas de la ciudad, en la parte noroeste, pasado el puente sobre la Adaja, cerca de la ermita de cuatro postes de piedra. Iban, según ellos, camino de tierra de moros para que allí los descabezasen como a mártires, y así subir al Cielo y ser coronados. La Gloria "para siempre, para siempre, para siempre", explicaban los niños. De los que son como ellos es el Reino, decía Jesús. Pasaron varios años. Cuando Teresa tenía 12, falleció su madre. Se quedó tan sola y se encontró tan desamparada, que un día pidió a Rodrigo que la acompañara por el mismo camino que habían seguido el día de su huida hacia el martirio. Al llegar a la ermita de San Lorenzo, entró ella sola, se arrodilló ante una imagen de la Santa Madre, igual que aquel día que se decidió a morir mártir para ganar el Cielo, y, con corazón inocente pero dolorido, entre lágrimas pidió a la Virgen María que hiciese de Madre suya. |
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