La Proyección de Pigmalión
En la mitología griega, Pigmalión, rey de Chipre, se negaba a contraer matrimonio, pues a todas las mujeres encontraba defectos. Abocado por Afrodita, esculpió una estatua según su sentido de la perfección femenina. En ella proyectó todos sus deseos, sus anhelos e ilusiones. Pigmalión no pudo evitar enamorarse de Galatea -pues así la llamó- una vez acabada. En educación es bien conocido el llamado "efecto pigmalión" basado en este mito. Las espectativas del profesor sobre el alumno, influyen decisivamente en su rendimiento: si un profesor espera poco o nada de un alumno, probablemente no lo retará con cuestiones complejas, no lo hará esforzarse en clase, no le hará preguntas que estimulen su aprendizaje. Finalmente el alumno, rendirá poco o nada en esa asignatura, precisamente como consecuencia del prejuicio del profesor. En la historia de Pigmalión, gracias a la intercesión de Afrodita, Galatea cobró vida. Claro que sólo es un mito, pero esto es lo que sucede a menudo con nuestras espectativas, pensamientos, miedos y deseos: se vuelven reales. Con frecuencia pensamos en nosotros mismos como seres aislados y creemos que lo que hay en nuestras cabezas es privado: esto no es del todo cierto. Lo que pensamos y sentimos influye en nuestro mundo, lo modela, lo crea. Nuestra realidad es en primer lugar, resultado de nuestros pensamientos, no sólo de nuestros actos. De forma a veces consciente y la mayoría inconscientemente, proyectamos nuestros pensamientos para formar la realidad que nos rodea. Con frecuencia podemos comprobar que somos el resultado de lo que en el pasado pensamos que seríamos, y nos suceden cosas que ya habíamos previsto, y que podríamos haber evitado de haberlo deseado con la suficiente intensidad. Cuando una persona desea realmente algo, dice Coelho, el Universo entero conspira para que lo consiga. Un pensamiento negativo puede provocar enfrentamientos; uno positivo crear una amistad. A menudo podemos comprobar el resultado de prejuzgar a una persona que acabamos de conocer. Eso si, cuando hablamos de influir sobre los demás, nuestra capacidad aunque sorprendente, está limitada siempre a lo que los demás se dejen influir. Si uno no quiere, dos no se pelean, dice el refrán. |
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