Y mantén firme el consejo de tu corazón, que nadie es para ti más fiel que él. Pues el alma del hombre puede a veces advertir más que siete vigías sentados en lo alto para vigilar. Y por encima de todo esto suplica al Altísimo, para que enderece tu camino en la verdad. Principio de toda obra es la palabra, y antes de toda acción está el consejo. Raíz de los pensamientos es el corazón, de él salen cuatro ramas: bien y mal, vida y muerte, mas la que siempre los domina es la lengua.

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Vivir con el freno puesto.


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Recuerdo lo que me impresionó de muchacho una vieja tía mía, hoy ya muerta, que se pasaba el tiempo quejándose de que no la habían dejado vivir: siendo una muchachita murió su madre y tuvo que comenzar uno de aquellos interminables lutos de dos o tres años. Terminaba el duelo por su madre cuando fue el padre el que murió y tuvo que comenzar una segunda etapa de riguroso luto. Después fueron muriendo, dramáticamente escalonados, diversos familiares, que fueron prolongando su tiempo de negro desde los dieciocho años hasta los treinta y tantos.

Y lo malo no era, claro, el tener que vestir de oscuro. Lo grave era que el luto llevaba consigo el no acudir a reuniones familiares; mucho menos el ir a fiestas o bailes; y terminaba por conducir a una muchacha de la época a una vida semimonacal. ¿Resultado? Que mi tía nunca pudo hacer nada de lo que soñaba cuando era joven. Y que, cuando hubiera podido hacerlo, era ya tarde. Con lo que muy bien pudo decir como aquel personaje de Thoreau: «¡Oh, Dios, llegar al lindero de la muerte y descubrir que nunca se ha vivido nada!»

Pero hay gente cuyo destino es aún peor. Porque han llegado a esa misma conclusión sin que a ello les obliguen las costumbres o las circunstancias de su tiempo, sino su propia cobardía que no les dejó literalmente vivir.

Recuerdo haber leído en un tratado de psicología el escrito de un viejo de ochenta y cinco años que, en vísperas de la muerte, envió a sus nietos una carta en la que se «arrepentía» de haber vivido marcha atrás y con el freno puesto. Decía: «Si tuviera que vivir de nuevo mi vida, trataría de equivocarme un poco más en esta ocasión. No intentaría ser tan perfecto. Me relajaría más. Me haría más flexible. No me tomaría en serio tantas cosas. Haría algunas locuras más, no sería tan circunspecto, ni tan equilibrado. Aprovecharía más oportunidades, haría más experiencias, escalaría más montañas, nadaría en más ríos, contemplaría más puestas de sol, tomaría más helados y menos alubias. Tendría más preocupaciones reales y menos imaginarias.»

Fijaos: yo he sido de esas personas que viven con un método y una higiene absolutos, hora tras hora, día tras día. Uno de esos que no van a ninguna parte sin un termómetro, una camiseta de lana, un elixir para enjuagar la boca, un botiquín y un impermeable. En mi nueva vida viajaría más ligero. Haría muchas más excursiones y jugaría con más niños. Desgraciadamente, no va a ser así.»

¿Hay que esperar a la muerte para descubrir estas cosas? ¿No sería mejor que cada uno de nosotros se mirase hoy al espejo, se diera cuenta de todas esas cosas que quiso hacer y nunca hizo y... comenzara a hacerlas mañana mismo?

Entiéndanme: no estoy invitando a mis lectores a la locura, pero sí quiero decirles que vivir siempre «con freno y marcha atrás», renunciando a todo lo que de veras amamos, es una manera innecesaria de adelantarse la muerte.

Yo temo mucho que nos hayan educado demasiado para la perfección. Y no es lo malo el buscar la perfección, lo peligroso es amarla de tal manera que, para evitar errores, se termine no en la perfección, sino en la más absoluta mediocridad. Porque para muchos padres y superiores la gran norma pedagógica es- «en caso de duda, apueste usted siempre por el no, elija el estarse quieto». Quienes tanto temen equivocarse prefieren esquivar todo riesgo y se condenan a no vivir o a vivir acorazados.

Y así es como muchos se van mutilando de todo lo importante (porque todo lo importante es arriesgado) y se van volviendo solemnes y secos, perfectísimos e inútiles, pensando -incluso- que hacen un honor a Dios no utilizando -para no exponerse a mancharlo- el regalo de la vida que él les dio.

Con las preocupaciones ocurre lo mismo. ¿Cuántas son reales y cuántas imaginarias? Si un día hiciéramos balance de todo lo que hemos sufrido, descubriríamos que en el noventa por ciento de los casos no sangrábamos por lo que nos ocurría, sino por lo que temíamos que nos pudiera ocurrir. Y que en la mayoría de estos sufrimientos anticipados, al final nunca ocurría eso que nos había hecho sufrir innecesariamente.

Sobre la tumba de uno de los personajes de una de sus novelas, el padre Coloma pone una frase bíblica que podría ser epitafio de dos terceras partes de la Humanidad- «Fuego fatuo cegó mis ojos y pasé junto a mi dicha y la pisoteé sin conocerlas».

Sí, la dicha está ahí, al alcance de todos. Pero la mayoría prefiere deslumbrarse por fuegos fatuos. Auntie Mame dijo lo mismo con frase más desenvuelta. «La vida es un banquete, y la mayoría de los malditos tontos se muere de hambre.» ¡Lástima!

Razones para la Alegría
J. L. Martín Descalzo


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